Deja de procrastinar viendo series de Netflix que no te interesan o reels y tiktoks en bucle que no te aportan nada.

Si te gusta la naturaleza, quizá te interese más esto.

Cuando era pequeña no existía internet

Bueno, existir como tecnología existía, pero no estaba al alcance de la plebe

Igual que no lo estaban esos teléfonos móviles con maleta que llevaban los ricachones de las pelis hollywoodienses en sus limusinas.

Yo no tuve móvil hasta los 18 años

Y porque fui a estudiar a una universidad lejos de mi ciudad. De esos Motorola-ladrillo, que se levantaba la antena y todo y ni enviaba sms

El ladrillomóvil en cuestión. Pieza de museo y todo ya, porque la foto es del Museum of Design in Plastics

Tampoco tuve ordenador en casa hasta los 18

Piqué a máquina (de esas Olivetti antiguas que te destrozaban los dedos si se te metía el meñique entre tecla y tecla) todos y cada uno de los trabajos del colegio. Hasta el de la reproducción humana de 53 páginas del que estoy orgullosísima (y me consta que mi profe Teresa también).

Aún recuerdo la vergüenza que me daba coger el ratón de bola de mi primer IBM y no controlar la flechita que se movía por la pantalla y mírame ahora que tengo un blog y todo y no nos educaron para las profesiones del siglo XXI sino a la vieja usanza.

Al no tener ordenador (y de internet ni hablamos), para cualquier cosa que quisieras saber, tenías que irte a la enciclopedia Salvat o Larousse. Que habían comprado tus padres a plazos a un señor que vendía a puerta fría y que venía de un planeta llamado DeAgostini. 

O tenías que pelearte con tus compañeras de clase por el único ejemplar del libro que había en la biblioteca del barrio. 

Seguramente muchos trabajos eran iguales, pero teníamos excusa. La bibliografía se reducía a una o dos fuentes.

Mi habitación de aquellos tiempos haría temblar a Marie Kondo y a mi yo actual. Pero ahí estaba la Larousse y el ordenador último modelo sin internet.

Si eres de los que ha nacido con un móvil o tablet bajo el brazo en lugar de un pan...

…quizá todo esto te suene a historia de abuelo cebolleta (tampoco entenderás esta referencia). 

Igual que a mí me parecían historias de viejos que mi madre no tuviera tele o mi abuela comprara hielo para la nevera a un señor que pasaba por la calle.

Ahora metes cualquier cosa en Google o DuckDuckGo y… ¡zas! 

Miles de páginas en segundos con la información que buscas. Y miles de páginas con informaciones copypasteadas sin vergüenza alguna y fotos fusiladas sin mencionar al autor.

Eso si se cuela algo de información de interés entre anuncios parpadeantes de…

El método para perder peso que está enfureciendo a los médicos. 

…y titulares clickbait del estilo:

Mira lo que le dijo su vecina: no te creerás lo que sucedió después.

Por suerte, no todas las páginas de internet son así

Si eres un poco observador/a o inteligente, Biologueando no es una de ellas. Pero claro, qué voy a decir yo que la he parido. Tendrás que investigarla por ti misme.

¿Que algunos posts tienen enlaces de afiliado con el que gano una pequeña comisión para pagar el hosting? Esto te lo voy a negar.

¿Que hay decenas de artículos con información gratis y valiosa sobre biología y naturaleza? Esto no me lo puedes negar tú.

Y todavía hay más.

Pero las novedades y actualizaciones de la web solo las reciben las personas suscritas a mi lista de correo

→ Aprenden a mirar la naturaleza y la biología con otros ojos.

→ Se enteran cuando publico un nuevo artículo, encuentro alguna información o curso chulo o hago alguna actividad presencial.

→ Los profes encuentran recursos que les ayudan en sus clases.

→ O Incluso, hago yo sus clases yendo a su centro a impartir charlas y talleres.

Resumiendo:

Cuando era pequeña y quería saber qué bicho había en el rincón de mi habitación, tenía que:

  1. Preguntarle a mi madre si le iba bien acompañarme a la biblioteca.
  2. Vestirme.
  3. Salir a la calle.
  4. Caminar casi un kilómetro.
  5. Superar mi timidez extrema y enfrentarme al bibliotecario con cara de amargado.
  6. Cargar hasta casa con la guía de identificación de arácnidos e insectos que se caía a cachos de tantas manos por las que había pasado.

Total, que el bicho ya se había ido a otro rincón.

¿Qué es lo que va a pasar ahora?

  1. Ahora me dejas tu nombre sin apellidos y tu mail en el formulario que hay más abajo. Bien escrito, con la primera en mayúscula y el resto en minúscula, no me hagas cosas raras. Repito, sin apellidos, no me interesa googlearte ni nada.
  2. Recibes un mail de confirmación para comprobar que realmente quieres estar en la lista de correo. Si no lo recibes, mira el spam. Esto es importante porque si no me das el sí quiero, no recibes el regalo del paso 3 y llenas el servidor del gestor del correo de datos inútiles.

    Y ya sabemos que la basura electrónica es fatal para el medio ambiente, porque aumenta la huella de carbono y esas cosas.

    Y yo pierdo tiempo eliminando suscriptores fantasma cuando lo podría estar dedicando a los vivos. Si no te interesa, no te suscribas.

  3. Te doy la bienvenida que te mereces y te adjunto gratis la guía de los animales que viven en tu casa. Para que no tengas que ir a la biblioteca a buscar libros sobados que se caen a cachos.
animales que viven en casa

¿Y qué pasará después?

Soy de las que tiene la bandeja de entrada a cero y estoy suscrita a varias listas de correo, créeme. En dos de ellas, mandan un mail cada día y les admiro por eso.

Pero yo te voy a mandar un solo correo el último lunes de mes. 

Y otro cada vez que escriba un nuevo artículo, para que no tengas que estar pendiente de mis redes sociales. Así que como mucho tendrás noticias mías dos veces al mes.

Y si te deja de interesar o te aburren mis correos, cancelas tu suscripción cuando quieras con un clic y aquí paz y después gloria.

Pues si ya lo tienes claro…

Vamos allá

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